We oppose the commercialization of health. Health is a social good, not a privilege for the few
«The bourgeoisie…has transformed the personal dignity of man into an exchange value, and has replaced the countless freedoms—granted and won—with the single, shameless freedom of trade.»
( K. Marx, F. Engels, The Communist Manifesto, 1848 )
Since the late 1980s, public healthcare has everywhere—especially in the EU—been one of the sectors most affected by capitalist restructuring. According to the OECD, total healthcare spending has risen sharply in real terms from 1991 to the present, while the share allocated to public healthcare, also in real terms, has remained essentially stagnant—or has even declined significantly in Italy, Greece, and Spain. This has occurred alongside a corresponding increase in public funding for private healthcare through general taxation, the growing reliance on private health insurance, and the expansion of costs not covered and paid directly by users (so-called out-of-pocket expenses).
Public healthcare facilities are being transformed into enterprises and managed according to private-sector criteria by hospital managers, whose primary objective is not patients’ health but financial performance. Chief physicians and other senior medical staff are often co-opted by healthcare and pharmaceutical companies under profit-driven business logics, which often results in medical decisions being made not on the basis of purely healthcare-related criteria and the patient’s best interests, but rather with the aim of serving the financial interests of those companies. Medical and paramedical staff are deliberately and significantly understaffed, waiting lists for medical services grow longer, patient co-payments increase, while the remaining services still covered by public healthcare decline in both quantity and quality—services which are not truly free, since they have already been paid for by taxpayers. All of this pushes those who can afford it toward private insurance and private healthcare, while those without sufficient means are forced to forgo treatment—a troubling and growing phenomenon that reveals a class-based discrimination, effectively denying the universality of healthcare provision and the right to health hypocritically proclaimed in bourgeois constitutions.
The outsourcing of services and treatments to private companies, NGOs and social cooperatives, in place of public provision, proves even more costly for public finances than maintaining such services within public structures, while reducing quality and increasing the exploitation of workers, in terms of longer —often exhausting— hours and more intense workloads combined with low wages.
Faced with growing needs for care—due both to increased life expectancy and to the intensification of exploitation in production, as well as the physically and mentally exhausting nature of labor—the bourgeois state strengthens surreptitious forms of privatization, the so-called public-private partnerships that dismantle public healthcare and turn health into a commodity to the benefit of capital operating in the sector, whether directly (such as pharmaceutical companies and private healthcare providers) or indirectly (such as banks and insurance companies).
The resources thus diverted from protecting the health of the popular masses are instead used to finance rearmament and public support measures for private accumulation and profit, in a form of reverse welfare that takes from the working class and popular strata to the bourgeois class. This process finds its legal basis in the European Semester Recommendations and in the macroeconomic constraints of the Stability and Growth Pact, adopted by the European Commission and the bourgeois governments of EU member states—constituting yet one more reason to strengthen the struggle to exit this and all imperialist alliances.
While capitalism dismantles public healthcare and forces proletarians and the popular strata to endure serious injustices, inequalities, and disparities in treatment even in the field of healthcare —despite the tremendous development of scientific discoveries and technological capabilities—, we wish to recall that socialism has always guaranteed the right to health and to high-quality, completely free healthcare for all. Even today, socialist Cuba, despite the enormous difficulties caused by the criminal blockade imposed by U.S. imperialism, remains at the forefront of medical research and in ensuring free healthcare for its people.
Communists declare that the right to health is a universal right—above all a social one—of the human being, fundamental to ensuring the quality and dignity of life, as well as its duration. Like all the rights that capitalism denies us, this must be asserted by demanding no sacrifice for the profits of capital or the slaughterhouses of war, in opposition to the privatization of the sector, and by demanding universal, free public healthcare in the direction of our broader struggle for socialism-communism.
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Nos oponemos a la privatización de la sanidad. La sanidad es un bien social, no un privilegio para unos pocos
«La burguesía ha (...) hecho de la dignidad personal un simple valor de cambio. Ha sustituido las numerosas libertades, tan dolorosamente conquistadas, con la única e implacable libertad de comercio.»
(K. Marx, F. Engels, Manifiesto Comunista, 1848)
Desde finales de la década de 1980, la sanidad pública ha sido en todas partes —especialmente en la UE— uno de los sectores más afectados por la reestructuración capitalista. Según la OCDE, el gasto sanitario total ha aumentado en términos reales de forma aguda desde 1991 hasta la actualidad, mientras que el presupuesto destinado a la sanidad pública, también en términos reales, ha permanecido en esencia estancado o incluso se ha reducido de manera significativa en Italia, Grecia y España. Esto ha sucedido junto a un aumento correspondiente en la financiación pública de la sanidad privada mediante impuestos generales, una confianza cada vez mayor en los seguros de salud privados y la expansión de los costes no cubiertos y pagados directamente por los usuarios (los llamados desembolsos).
Los centros de salud públicos se están transformando en empresas y son gestionados por directores de hospital según criterios del sector privado, cuyo objetivo principal no es la salud de los pacientes, sino los resultados financieros. Los jefes de servicio y otros miembros del personal médico de alto rango suelen ser cooptados por empresas sanitarias y farmacéuticas bajo lógicas empresariales orientadas al lucro, lo que a menudo da lugar a que las decisiones médicas no se tomen basándose en criterios puramente sanitarios y en el interés superior del paciente, sino con el objetivo de servir a los intereses económicos de dichas empresas. El personal médico y paramédico sufre una falta de personal deliberada y significativa, las listas de espera para los servicios médicos se alargan, aumentan los copagos de los pacientes, mientras que los servicios que aún cubre la sanidad pública disminuyen tanto en cantidad como en calidad; servicios que no son realmente gratuitos, ya que han sido pagados por los contribuyentes. Todo ello empuja a quienes pueden permitírselo hacia los seguros privados y la sanidad privada, mientras que quienes carecen de medios suficientes se ven obligados a renunciar al tratamiento, un fenómeno preocupante y creciente que pone de manifiesto una discriminación de clase, negando de hecho la universalidad de la prestación sanitaria y el derecho a la salud proclamado hipócritamente en las constituciones burguesas.
La externalización de servicios y tratamientos a empresas privadas, ONG y cooperativas sociales, en sustitución de la prestación pública, resulta aún más costosa para las finanzas públicas que mantener dichos servicios dentro de las estructuras públicas, al tiempo que reduce la calidad y aumenta la explotación de los trabajadores, en términos de jornadas más largas —a menudo agotadoras— y cargas de trabajo más intensas, combinadas con salarios bajos.
Ante las crecientes necesidades de atención —debidas tanto al aumento de la esperanza de vida como a la intensificación de la explotación en la producción, así como a la naturaleza física y mentalmente agotadora del trabajo—, el Estado burgués refuerza formas encubiertas de privatización, las llamadas asociaciones público-privadas que desmantelan la sanidad pública y convierten la salud en una mercancía en beneficio del capital que opera en el sector, ya sea directamente (como las empresas farmacéuticas y los proveedores de salud privados) o indirectamente (como bancos y compañías de seguros).
Los recursos así desviados de la protección de la salud de las masas populares se utilizan, en cambio, para financiar el rearme y las medidas de apoyo público a la acumulación privada y al lucro, en una forma de bienestar a la inversa que quita a la clase trabajadora y a los estratos populares para dárselo a la clase burguesa. Este proceso encuentra su base jurídica en las Recomendaciones del Semestre Europeo y en las restricciones macroeconómicas del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, adoptadas por la Comisión Europea y los gobiernos burgueses de los Estados miembros de la UE, lo que constituye una razón más para reforzar la lucha por salir de esta y de todas las alianzas imperialistas.
Mientras el capitalismo desmantela la sanidad pública y obliga a los proletarios y a los estratos populares a soportar graves injusticias, desigualdades y disparidades en el trato incluso en el ámbito de la asistencia sanitaria —a pesar del tremendo desarrollo de los descubrimientos científicos y las capacidades tecnológicas—, queremos recordar que el socialismo siempre ha garantizado el derecho a la salud y a una asistencia sanitaria de alta calidad y totalmente gratuita para todos. Incluso hoy, la Cuba socialista, a pesar de las enormes dificultades causadas por el bloqueo criminal impuesto por el imperialismo estadounidense, sigue a la vanguardia de la investigación médica y en la garantía de la asistencia sanitaria gratuita para su pueblo.
Los comunistas declaramos que el derecho a la salud es un derecho universal —ante todo social— del ser humano, fundamental para garantizar la calidad y la dignidad de la vida, así como su duración. Al igual que todos los derechos que el capitalismo nos niega, este debe reivindicarse exigiendo que no se haga ningún sacrificio en aras de los beneficios del capital o de los mataderos de la guerra, oponiéndose a la privatización del sector, y exigiendo una asistencia sanitaria pública, universal y gratuita, en el marco de nuestra lucha más amplia por el socialismo-comunismo.